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lunes, 2 de marzo de 2009

Entre Cronos y Kairos: el tiempo entre tus dedos.

El tiempo pasa, se mide y se acumula.  Hemos creado relojes, calendarios y fechas conmemorativas, como los cumpleaños, los aniversarios y demás días que se van creando para celebrar desde la familia, hasta el niño, la madre o el compadre.

Parecería ser que a los seres humanos nos gusta medirlo todo, especialmente el tiempo, y es así que nuestra mente juega con él, y con nosotros, cuando en un momento de disfrute la duración del tiempo se me hace una nada, y en momentos de tortura el tiempo se me hace un todo.

Es así que el tiempo, con nosotros y sin nosotros, no detiene su avance; es un flujo constante de sucesiones de instantes en donde, inevitablemente, mientras lees esta líneas está pasando el tiempo a través de ti, pero también se está acumulando.   Acumulas experiencia, conocimiento, pero también edad y, de acuerdo a las leyes de la Entropía, un deterioro gradual y progresivo de tu cuerpo en todos sus niveles.   El tiempo nos descompone, dirán unos, pero también nos crea y nos recrea, podrían pensar otros.  Sin el paso del tiempo efectivamente no envejeceríamos, pero tampoco creceríamos y no podríamos aprender o madurar.  

La sensación de ser “yo” la da el paso del tiempo que va forjando mi identidad a través de las relaciones que, con el tiempo, voy teniendo con otros seres humanos y con los demás elementos de mi entorno.   Si no pasara el tiempo no podría haber terminado aquella clase de la escuela primaria y el recreo jamás hubiera llegado, pero por otra parte también es cierto que aquel ser tan querido para ti jamás hubiera tenido que morir.   ¡Maldito tiempo!

El tiempo nos educa, maneja y aniquila; entregamos nuestra vida al tiempo y nunca tenemos tiempo, o mejor dicho, no muy frecuentemente nos hacemos el tiempo para estar con nosotros, con los otros o haciendo aquello que hubiésemos querido hacer cuando, al paso del tiempo, nos demos cuenta que ya casi no nos queda tiempo.   Parece ser que nos arrepentimos más de lo que dejamos de hacer que de lo que hicimos; nos arrepentimos más de haber dejado pasar el tiempo sin hacer o decir lo que un día soñamos.   Y aún en los sueños pasa el tiempo, un sueño inicia, se desarrolla y termina, eso es inevitable, porque todo es un flujo unidireccional en donde, hasta el momento, no podemos hacer que el tiempo de marcha atrás para regresar a rehacer todo aquello que hoy no nos gusta su resultado.

“El tiempo todo lo cura”, dicen por ahí; no obstante, algunos pueden tener la experiencia que la soledad, sumada al tiempo, no conduce sino a la depresión y el aislamiento.  “Tragedia más tiempo es igual a comedia”, sostienen otra ecuación popular, pero no se en realidad si mucha gente está muy dispuesta, o incluso posibilitada, para mirar este ángulo de un problema cuando está justamente con la tragedia hasta las cejas.

Y no obstante todo lo anterior, el tiempo es una fantasía.  La percepción que tenemos de él, de su velocidad, de su voracidad y de su invencibilidad nos deja de pronto a su merced y sus efectos.  “¡Nada contra el tiempo!”, reza un epitafio en un cementerio, pero aún así no es el enemigo a vencer.  Tampoco es tu mejor aliado, dicho sea de paso.

El tiempo, como así llamamos a un flujo constante de eventos inevitables en sí mismos, no es sino el período de transcurre entre un estado y otro de un ente determinado sujeto al cambio.   En la mitología griega Cronos es el Dios del tiempo real e inexorable, cuyo paso nos lleva inevitablemente a la muerte; Kairos, en cambio, es el Dios del tiempo interior de los hombres, el tiempo de los sueños y del espíritu, es el que persistentemente nos devuelve la vida.

El tiempo secuencial y cronológico deriva de cronos.   El tiempo Kairos, a diferencia de cronos, se ha descrito como “entre el tiempo”, un periodo indeterminado de tiempo donde “algo” especial sucede.   Kairos está intrínsecamente relacionado con la calidad de atención de los que lo experimentan; es decir, la percepción subjetiva que poco tiene que ver con los relojes de Cronos.   Kairos se puede entender como el momento justo o crítico de oportunidad (Carpe Diem), el momento en que se abre esa ventana en donde podemos ver algo o hacer algo significativo; es el tiempo que aprovechamos, o no.     Kairos es un periodo de disrupción al flujo normal de las cosas -un tiempo para que algo nuevo surja.
Si bien el tiempo Cronológico da secuencia y coherencia a la vida, vivir bajo su influjo garantiza justamente ver pasar el tiempo, o sólo acumularlo sin mucha razón ni sentido.  Vivir conforme a Kairos, en cambio, te permite, sin importar el tiempo cronológico transcurrido, encontrar, mejor dicho, darte esos momentos de tiempo en donde puedes hacer cosas realmente significativas.    
A Cronos lo puedes gestionar, medir; sentarte a esperarlo o verlo pasar.   No lo puedes asir, no lo puedes detener ni tampoco lo puedes apresurar.   A Kairos, en cambio, hay que gestarlo, parirlo, salir a buscarlo y tomarlo al paso.   

Finalmente, tanto Cronos como Kairos desembocan en la muerte y el morir.  ¿Qué te gustaría llevar como equipaje a un lugar donde la moneda convencional, el dinero, nada compra?   Un lugar donde las posesiones materiales nada valen y donde las influencias no funcionan.   Nada que Cronos pueda darte y sí mucho de lo que puedas aprovechar en tus momentos Kairóticos.
¡Caramba!, mira el tiempo que “has perdido” leyendo este artículo.  Tu reloj te demanda atención, cobra consciencia, mira la hora que es, mira tus deberes que no has hecho…  “no hay tiempo que perder”, diría Cronos, aunque Kairos quizá diría, “no dejes perder el tiempo”.

Mario Guerra

martes, 20 de enero de 2009

¿Morir del todo?

Perder es inevitable; sólo es cuestión de tiempo para que todo aquello que poseemos, material o inmaterial, se separe de nosotros.  Cosas, personas, afectos, joyas, cualidades, mascotas e incluso ideales están inevitablemente destinados a surgir a nuestra percepción, morar a nuestro lado por un tiempo y finalmente a cesar nuevamente de nuestro campo sensorial, ya sea porque el objeto en si mismo se aleje, o a veces decida alejarse, o porque seamos nosotros los que, a través del morir, dejemos atrás todo cuando alguna vez nos fue preciado.

Por supuesto que en esta línea de pensamiento suena macabro el hecho de la inevitabilidad de la separación, pero también en nosotros puede ser que brille una luz de esperanza en donde, el “más allá” sea la solución que va a mitigar nuestra ansiedad, ya sea porque en algún momento futuro volvamos a reunirnos con lo amado, ya porque desde las nubes “lo estaremos viendo” o porque incluso se tiene la noción de que el lugar a donde ha de partir el alma está pletórico de satisfactores que nos harán no añorar aquello que antes cuidábamos con tanto celo.

Si bien la ciencia se empeña cada vez con más ahínco en decirnos que la conciencia es una propiedad emergente del cerebro y que el alma no es sino una construcción necesaria para dar sentido a nuestra vida más allá de la vida, lo cierto es que efectivamente tenemos necesidad de creer en algo.  La necesidad es tan fuerte que, cuando vemos alguna evidencia científica que refuta nuestras creencias, nos aprestamos a decir que la ciencia tiene poco o nada que decir de las materias del alma y de las cosas de las que carece de métodos e instrumentos para medir o siquiera percibir, como el alma misma o la mente (al César lo que es del César y…).

Ya en la edición de Octubre/Noviembre de la revista Mind (www.sciam.com/sciammind) Jesse Bering (Director del Instituto de la Cognición y Cultura de la Universidad de Queens en Balfast, Irlanda) nos dice que:

  1. Casi todo el mundo tiene la tendencia a imaginar que la mente continuará existiendo después de la muerte del cuerpo.

  2. Estudios demuestran que aún la gente que cree que la mente deja de existir al morir, muestra este tipo de razonamiento “continuidad psicológica”.

  3. No se trata de un sub-producto de la religión ni de una especie de “amuleto emocional”.  Hay evidencia que sugiere que estas creencias encuentran su origen en la naturaleza más profunda de nuestra consciencia.

No obstante lo anterior, el autor sugiere que debemos considerar el ineludible hecho de que nunca nos enteraremos que hemos muerto, puesto que para entonces la consciencia estará extinta.   Es decir, nadie sabe lo que se siente estar muerto para poder decirlo del todo, pues si bien hay personas que declaran “haber estado muertas” y regresar; en realidad si regresan es porque nunca estuvieron muertas del todo (no se puede estar medio muerto, aunque luego de lidiar con el tráfico de la Ciudad de México uno puede pensar lo contrario).

El caso es que nos queda claro que la muerte anuncia el fin de la vida; o que el fin de la vida anuncia el inicio de la muerte, pero poco nos queda claro de lo que viene después de eso.  Al final existe también la teoría de que “volvemos al lugar de donde vinimos”, la cuestión es que la explicación que damos de tal lugar tampoco es clara y queda también al amparo de la fe y las creencias individuales o colectivas.

Cada vez más me topo en mi consultorio con personas que desean creer que su ser querido muerto ha pasado a una mejor vida, pero la mente, otrora defensora de tales conceptos, se encuentra inmersa en la ambigüedad de los tiempos modernos en donde otra parte de ella nos impide creer, al menos con la fe de tiempos pasados, ciegamente en esto.  Hoy se duda, se siente aún más grande la soledad y el vacío del ausente ante la perspectiva de una separación definitiva; es decir, ya no se vislumbra como antes la posibilidad de una reunión y la muerte del otro no hace sino recordarnos la nuestra, la que se avecina y que tarde o temprano llegará, pero habremos de plantearnos si en ese momento estaremos rodeados del halo protector de las creencias en una vida futura, o ante la angustia de la extinción definitiva y la sinrazón de una vida destinada al olvido.

Yo por mi parte, por afinidad espiritual, prefiero creer que hay algo más, tengo necesidad de creer y asirme a la idea, y a la sensación, de que esto no termina aquí y que, en el futuro, habremos de enterarnos qué hay del otro lado de la puerta.  ¿Ustedes que piensan?

Mario Guerra

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